jueves, octubre 08, 2009

10 RAZONES PARA LEER (O NO LEER)
DEATH NOTE

El manga, según parece, llegó a México para quedarse. En un momento en que, curiosamente, casi no hay animes en la televisión mexicana, la Editorial Vid se ha encargado de darnos nuestra dosis a los adictos al entretenimiento japonés. El último manga que he comprado, Death Note, ha sido un éxito mundial, si bien empecé a comprarlo antes de conocer los múltiples elogios que le dedicaron en diferentes medios. He de reconocer que la primera vez no me agradó del todo, incluso me arrepentí de haber comprado tres volúmenes de un jalón. Luego, tras darle una segunda oportunidad, la historia me atrajo lo suficiente para decidirme a comprar el resto de los volúmenes.

Death Note es una historia policíaca, con algunos elementos sobrenaturales que la sacan de lo cotidiano. Un buen día, Light Yagami encuentra en el patio de su escuela una libreta con el título "DEATH NOTE" en la tapa. Tomándola como un juego, tiene la ocurrencia de escribir en ella el nombre de cierta persona que, al momento, encuentra muy desagradable, y 40 segundos después ve cómo dicha persona muere de un paro cardíaco. Dado que posee una inteligencia sobresaliente, Light entiende que toda persona cuyo nombre sea escrito en esa libreta, morirá, ya sea de un paro cardíaco (la opción por default) o cualquier causa que elija el dueño de la libreta, siempre y cuando sea físicamente posible. Así, decide aprovechar este poder en una cruzada para crear un mundo libre de criminales.

Después de que muchísimos criminales de diferentes países mueren en circunstancias especiales, la Interpol decide tomar el caso en sus manos y, para ello, usa los servicios de un superdetective, que responde únicamente a la sigla "L". A partir de este momento, Light y "L" se sumen en una carrera para derrotarse mutuamente. Como la Death Note en realidad es propiedad de un ente llamado Ryuk (que es en esencia un Shinigami, o dios de la muerte), éste acompaña en todo momento a Light, pero su participación se reduce a explicarle o aclararle el funcionamiento de la libreta; además, desde un principio deja en claro que es un mero observador, por lo que no ayuda a Light en su afán de crear un mundo utópico.

A lo largo de la historia, aparte de conocer a otros Shinigamis que también se relacionan con los personajes y tienen un peso en la trama, vemos los diferentes planes y elucubraciones que "L" hace para desenmascarar a Light, y los planes y enredijos que hace éste para librarse de "L". En esencia, es un duelo de inteligencias, que se complica más y más conforme se desarrollan los eventos, llegando a ser tan enredado que las circunstancias pueden desorientar a más de un lector.

Desgraciadamente, por el afán de darle giros súbitos a la historia y alargarla y alargarla, los autores la embrollan tanto que se vuelve muy disparatada, teniendo incluso que recurrir a varios deus ex machina para resolver ciertas cosas. Y esto es lo peor que se puede hacer en una historia de suspense, incluso en una que cuenta con elementos sobrenaturales como ésta; siempre dará la impresión de un pequeño fraude.

Aun así, el manejo de los personajes es más que decente. La personalidad de casi todos los personajes está bien definida, y se mantiene constante durante la mayor parte de la historia. No obstante, dado lo extenso de la cronología que se maneja (transcurren más de dos años en la historia), hay un momento en que se dificulta entender algunos cambios en el pensamiento de los personajes secundarios. Si bien hay ocasiones en que una relectura permite identificar algunas sutilezas que pasaron desapercibidas la primera vez, hay otros en los que nos vemos obligados a dar un pequeño salto de fe y aceptar que, en el ínterin, algo sucedió.

Por lo demás, la estética del manga es excelente. Pese a ser bastante detallado, el dibujo casi nunca da la sensación de estar sobrecargado, y la apariencia de los personajes es totalmente acorde a su psicología. Cierto que en muchos momentos se acerca a una estética más tradicional de manga, pero el dibujo conserva una frescura durante los 12 volúmenes. Y en varias de las escenas claves, la elección de la toma ayuda a comprenderlas, o enfatizarlas con exquisitez. Además, tiene el punto a favor de que en muy escasas ocasiones vemos a una mujer enseñando las pantaletas (a esto se le llama fan-service, es decir, añadir momentos eróticos por el simple hecho de hacerlo; para entenderlo mejor, vea cualquier episodio del anime Rosario+Vampire, en el que se preguntará por qué hay tantas tomas inútiles de las bragas de las protagonistas), y ningún desnudo. Es agradable ver un manga para adultos en el que no nos tratan como adolescentes cachondos.

5 razones para leer Death Note
1) La trama es absorbente; siempre querrá saber cómo y si acaso atraparán a Light.
2) Presenta varios dilemas morales que le ayudarán a involucrarse más con la trama, incluso tomar partido por uno u otro de los personajes principales.
3) El duelo intelectual entre Light y "L" es muy bueno. Es como si Hércules Poirot tuviera que descifrar las trampas planeadas por el lado oscuro de Hércules Poirot.
4) El diseño de personajes está muy bien hecho; probablemente se sienta reflejado en uno o más de ellos, y siempre le intrigará la actitud de "L".
5) Maneja una buena hipótesis de cómo reaccionaría una sociedad cuando alguien demuestra que sí podría cumplirse una utopía --o una distopía, dependiendo del carácter.

5 razones para no leer Death Note
1) En ocasiones se alarga innecesariamente, haciendo que algunos volúmenes sean tediosos.
2) Hay por lo menos un par de ocasiones en que las situaciones se resuelven mediante un deus ex machina, y esto le resta un poco de seriedad. (Nota: al menos uno de estos casos es medianamente resuelto con una embrollada descripción en capítulos posteriores, pero aún da la sensación de que es una respuesta sacada de la manga.)
3) La personalidad de los Shinigamis es, por decir lo menos, equis. Si bien es cierto que es crucial para varios eventos de la historia, hubiera preferido que fueran de otra manera, especialmente cuando en el volumen 13 (un manual extra) se nos habla de varios Shinigamis con personalidades más interesantes.
4) Las posibilidades de la Death Note se incrementan conforme avanza la historia, pero a veces da la impresión de que esto se hizo más para desatar los nudos de la trama que por un auténtico aprendizaje del funcionamiento de la libreta.
5) En ocasiones hay que tener conocimiento de la idiosincracia japonesa para entender las actitudes de los personajes, haciendo que algunos eventos parezcan poco serios para una mentalidad occidentalizada.

Veredicto
Death Note es un buen manga. Si no fuera por los detalles que comenté, no dudaría en decirle que no lo deje pasar; pero no puedo negar que éstos me hacen ver con recelo la posibilidad de releerlo en un tiempo cercano. Aun así, entiendo por qué ha tenido tal éxito mundial.

domingo, octubre 04, 2009

10 RAZONES PARA VER (Y NO VER)
STEAMBOAT BILL Jr.

Tras mucho meditarlo, he determinado que este blog se ha anquilosado y requiere de algunos cambios. Por ello, y a partir de esta entrada, me gustaría hacer algunas sugerencias (odio el término recomendación) para que el lector decida ver, leer u oír una película, un libro o un disco que se mencione aquí --o si lo prefiere, pasarlos de largo. Con este fin, después de un breve análisis de la obra en cuestión, daré cinco razones por las que, a mi parecer, el lector podría interesarse por ella, y otras cinco por las que quizá debería guardar su distancia. Dicho esto, pasemos a materia.

Sin duda, el cine mudo es hoy apenas una curiosidad, apropiada únicamente para quienes no tienen miedo de acercarse a productos culturales con un marcado olor añejo, y de la que, al contrario de la literatura, prácticamente no existe un mercado para sus clásicos. Y esto es una desgracia auténtica, porque si la gente pudiera salvar varios de sus prejuicios modernistas, conocería varias joyas que les permitirían comprender mejor el cine de hoy día. Para empezar, la falta de diálogos provocó que las películas mudas se centraran principalmente en la acción, lo que dio origen a formas de edición trepidantes que hoy reciben elogios cuando los directores las descubren. Asimismo, muchos de los trucos cinematográficos (acercamientos, paneos, tomas fijas) que hoy nos asombran de las grandes producciones, fueron creados en el cine mudo para poder ubicar al espectador sin abusar de los cartelones. Hoy, premiamos a un actor cuando es capaz de expresar emociones sin recurrir al diálogo; en cambio, esto es justamente lo que despreciamos del cine mudo. The times are a-changin', diría Bob Dylan.

Afortunadamente, gracias a la fabulosa herramienta del internet, hoy he tenido la suerte de descubrir en YouTube una película de Buster Keaton que desconocía: Steamboat Bill Jr. El de Keaton es un nombre que, injustamente, no quedó tan grabado en la memoria cinematográfica como los de Chaplin y Laurel & Hardy. Al igual que Chaplin, Keaton contaba con una agilidad prodigiosa --y así debía ser, ya que desde los tres años participaba en actos acróbatas con sus padres--, la cual era idónea para la comedia física, además de un mímica excelente (claro, el señor podía manejar su cuerpo como se le antojara).

La película en cuestión, es una "típica" comedia estadounidense, cuya trama hemos visto hasta el hartazgo. Tiene dos temas que se entrelazan en el personaje de Keaton: el primero es sobre un chico de ciudad que es vituperado por la gente del campo; el segundo, la tragedia de los amantes cuyos padres no se pueden ver ni en pintura. Lo acepto, ya incluso en la época en que fue filmada Steamboat Bill Jr. (1928) ambos temas estaban más que manoseados, pero la correcta dirección de Charles Reisner y el guión de Keaton (aunque esté acreditado a otro guionista) le devuelven mucho de frescura.

Ubicada en el río Mississipi cuando los antiguos botes de vapor todavía se negaban a morir, el capitán Steamboat Bill, dueño de un bote que es poco más que una lancha, recibe la noticia de que su hijo irá a visitarlo tras terminar sus estudios en Boston. En el puerto, el bote de Steamboat Bill es vecino de un nuevo y lujoso barco de vapor, propiedad de un tal King, quien también posee varios de los negocios más prósperos de la pequeña ciudad de River Junction. Por un lado, tenemos la envidia de Steamboat Bill; por el otro, el menosprecio que King siente por la pobreza de su rival. Casi el mismo día, arriban al lugar la hija de King y el hijo de Steamboat Bill, personificado por Buster Keaton. Y desde que éste llega a la estación del tren, nos sumimos en cincuenta y tantos minutos de risas sin parar.

Como en toda comedia que se respete, los gags de Steamboat Bill Jr. no son gratuitos; en su mayoría son parte integral de la trama. Un ejemplo: en su telegrama, el hijo dice a Steamboat Bill que usará un clavel blanco en la solapa, y cuando este último llega a la estación, descubre que la moda masculina en River Junction es usar un clavel blanco. Así, apreciamos una serie de equívocos que suben en hilaridad, pero detenida antes de que la fórmula se gaste. A la par, Steamboat Bill hijo, quien no ha visto a su padre en años, le muestra su clavel blanco a cuanta persona se topa en la estación, con el mismo resultado de una hilaridad creciente en cada ocasión.

Desgraciadamente, la película cuenta con varios gags que, si bien motivan la risa, a nuestros ojos resultan meros clichés. Ignoro si para la época en que fue filmada ya lo eran, pero nosotros ya los hemos visto ad nauseam. Aun así, me atrevo a decir (sin pretender hacerme pasar por historiador de cine) que algunos de nuestros clichés surgieron de aquí. En Steamboat Bill Jr. hay una secuencia que sucede durante una tormenta terrible, con árboles y casas volando por todas partes. Pero la forma en que la manejaron Reisner y Keaton no permite que uno deje de asombrarse con algo que ya ha visto. Aparte de poder disfrutar de la fabulosa mímica de Keaton, hay dos escenas relacionadas con casas que fueron copiadas por, entre otros, las caricaturas de la Pantera Rosa. Y créame, cuando las vi esta vez, solté una carcajada tan deliciosa que me vi obligado a regresar la película, porque me perdí la escena siguiente.

Por si esto no fuera suficiente, Steamboat Bill Jr. es un agasajo sólo con ver la capacidad física de Buster Keaton. Aquí hablamos de un auténtico atleta. En una escena, lo vemos descender las tres plantas de un barco en cuestión de segundos, y en una escena posterior, lo vemos escalar las mismas tres plantas en el mismo tiempo. No lo niego, quizás haya mucho de trabajo de edición aquí, pero de cualquier manera el resultado visual es impresionante. Si usted es de quienes abren desmesuradamente la boca con las acrobacias de los dobles en las películas de acción hollywoodenses, no sé qué espera para ver esta cinta.

Por último, Steamboat Bill Jr. es relativamente corta para nuestros patrones actuales (poco más de una hora), lo cual es una gran ventaja, porque termina antes de que pueda cansarnos, y tampoco abusa de escenas innecesarias. No hay secuencias demasiado cortas ni demasiado largas, lo cual le da un ritmo ágil y constante, logrando que no canse incluso a quienes odian a ultranza el cine mudo. Y en cuanto a las facetas cómicas, encontramos un par de "pastelazos", comedia de ingenio, comedia del absurdo, y chistes de palabra (sí, aunque no lo crea; véala para que sepa que no miento).

5 razones para ver Steamboat Bill Jr.
1) Son cincuenta minutos de hilaridad constante y creciente, y esto sólo le puede venir mal a sus vecinos si la ve después de la medianoche.
2) Buster Keaton estaba en su mejor momento, tanto física como creativamente, así que es una buena oportunidad para apreciar a uno de los más grandes genios de la comedia.
3) Dentro del primer tercio de la película, hay un gag con un salvavidas que estoy seguro lo desternillará de risa.
4) La secuencia de la tormenta vale totalmente el boleto de entrada; si no le parece así, no me pida un reembolso --no sé para qué podría servirle entonces.
5) Es una buena opción para iniciarse en el cine mudo: no cansa al espectador, no requiere de muchos cartones explicativos, y está muy bien filmada.

5 razones para no ver Steamboat Bill Jr.
1) Es cine mudo. Si sus preferencias no le permiten ver algo que tenga más de cinco años de antigüedad, mejor absténgase.
2) Hay momentos en que el ritmo de los gags no da oportunidad de reírse tan a gusto como uno quisiera. Afortunadamente, hoy contamos con la opción de rebobinado.
3) Si la comedia física no es lo suyo, hallará cansadas varias escenas, o por lo menos sentirá innecesarios varios gags.
4) Quizá le cueste trabajo asimilar la inexpresividad facial de Keaton. Si bien en muchos de los gags dicha inexpresividad realza el chiste, en otros podrá parecer artificial, incluso dar la sensación de que la actuación fue incompleta.
5) Muchos de los gags han sido usados y abusados mil y una veces. Aunque es un juicio injusto dadas las circunstancias temporales, hay momentos en que se tiene la sensación de que "esto ya lo vi antes".

Veredicto
Steamboat Bill Jr. quizás no sea una película que vea dos veces seguidas, pero me dejó bastante complacido, y seguro que la disfrutaré cuando la vea de nuevo después de un tiempo.

jueves, septiembre 03, 2009

Hace unos veinte o treinta minutos, me sentí un poco cansado de navegar por internet, así que tomé mi guitarra y empecé a tocar algunos acordes a lo loco. Al hacer un arpegio en La menor, recordé una canción que hacía muchos años no tocaba. Después de varios errores y reinicios, pude recuperarla casi por completo -con excepción de la letra, de la que sólo me llegaban a la mente uno que otro verso y no continuos. Como la canción está en tono de Do y debe cantarse casi en un susurro, busqué la letra para regalarme con ella sin miedo de enfadar a mis vecinos. La encontré, y la canté, pero hubo algo que me llamó la atención un poco más. Al principio de los resultados, aparecía un enlace a un video de YouTube. Era una presentación de Leonard Cohen, cantando Who By Fire, pero acompañado al saxofón por Sonny Rollins. Huelga decir que no perdí tiempo y lo vi (y descargué). Como sabe todo aquel que haya usado YouTube, al lado aparecía una lista con enlaces a otros videos. Ya he visto (y descargado) tres videos de Leonard Cohen --los cuales ignoraba que existieran--, y ha sido lo mejor que he hecho en internet en varios días.

Es curioso cómo uno logra la afinidad con determinados artistas cuyas características son rotundamente ajenas a lo que podríamos llamar gusto popular (o como dijera Adorno, gusto ideologizado). Leonard Cohen difícilmente podría entrar en la radio comercial, ya que su voz, amén de estar restringida a octava y media, no tiene un timbre prístino -aun antes de que se le engrosara al grado de disminuirle el volumen. Claro, esto lo compensa gracias a los excelentes arreglos que le hacen sus camaradas, pues es bien sabido que él no es un experto en musicalización. (Hubo una vez en que sus críticos lo acusaron de no saber más que tres acordes en la guitarra, y él respondió que esto no era cierto: se sabía cinco acordes.) Pero, a fin de cuentas, el caso de Cohen es muy similar a los de Dylan y Sabina: importa menos el cómo suena la canción que lo que suena en la canción. En su mayoría, las letras de Cohen son dignas de aparecer en un libro, pero tal parece que prefiere manejar el formato impreso para su poesía formal. Poesía más formal, diría yo. He aquí tres razones de por qué no puedo dejar de oír --y cantar-- a Leonard Cohen.

LA CANCIÓN DEL EXTRAÑO

Cierto, todos los hombres que conocías eran repartidores
quienes decían haber dejado atrás las cartas
cada vez que les dabas abrigo.
Conozco a ese tipo de hombre.
Es difícil sujetar la mano de alguien
que intenta tocar el cielo sólo para rendirse.
Que intenta tocar el cielo sólo para rendirse.

Y tras recoger los comodines que él dejó tras de sí,
descubres que no te dejó mucho, ni siquiera risa.
Como cualquier repartidor, él esperaba la carta
que fuese lo bastante alta y ganadora
para no necesitar de repartir otra.
Él era sólo un José buscando un pesebre.
Él era sólo un José buscando un pesebre.

Y luego, apoyándose en el alféizar de tu ventana,
él dirá algún día que fuiste la razón de que su voluntad
se debilitara con tu amor, tu calor y tu abrigo.
Y después, sacando de su billetera
un viejo horario de trenes, dirá:
Te dije cuando llegué que era un extraño.
Te dije cuando llegué que era un extraño.

Pero ahora otro extraño parece
querer que ignores sus sueños,
como si fuesen la carga de alguien más.
Oh, has visto a ese hombre antes:
su brazo de oro despachando cartas;
pero ahora está enmohecido de los codos al dedo.
Y quiere cambiar el juego que juega por abrigo.
Sí, él quiere cambiar el juego que conoce por abrigo.

Ah, odias ver a otro hombre cansado
que deja caer su mano
como si renunciara al juego sagrado del póker.
Y mientras él convence a sus sueños de que se duerman,
te percatas de que hay una carretera
ondulándose como humo por encima de su hombro,
y de repente te sientes más vieja.

Le dices que pase y se siente,
pero algo te hace volver la vista.
La puerta está abierta, no puedes cerrar tu refugio.
Buscas el picaporte hacia el camino.
Sí abre, no tengas miedo.
Eres tú, mi amor, tú quien es la extraña.
Eres tú, mi amor, tú quien es la extraña.

Pues, he esperado, estaba seguro
que nos encontraríamos entre los trenes que esperamos.
Creo que es hora de abordar otro.
Por favor, entiende que nunca tuve un mapa secreto
para guiarme hacia el corazón de esta
o cualquier otra cuestión.
Cuando él habla así,
no sabes qué pretende.
Cuando te habla así,
no sabes qué pretende.

Veámonos mañana, si así lo quieres,
en la orilla, debajo del puente
que están construyendo en algún río interminable.
Entonces, él deja la plataforma
y va al coche dormitorio, que es cálido.
Te percatas de que sólo le hace publicidad a otro abrigo.
Y caes en cuenta de que él nunca fue un extraño.
Y dices: Está bien, el puente u otro lado después.

Y tras recoger los comodines que él dejó tras de sí,
descubres que no te dejó mucho, ni siquiera risa.
Como cualquier repartidor, él esperaba la carta
que fuese lo bastante alta y ganadora
para no necesitar de repartir otra.
Él era sólo un José buscando un pesebre.
Él era sólo un José buscando un pesebre.

Y luego, apoyándose en el alféizar de tu ventana,
él dirá algún día que fuiste la razón de que su voluntad
se debilitara con tu amor, tu calor y tu abrigo.
Y después, sacando de su billetera
un viejo horario de trenes, dirá:
Te dije cuando llegué que era un extraño.
Te dije cuando llegué que era un extraño.


UN CANTANTE DEBE MORIR

Ahora el tribunal está en silencio, pero ¿quién confesará?
¿Es cierto que nos traicionaste? La respuesta es: sí.
Entonces, léanme la lista de mis crímenes.
Yo pediré la clemencia que ustedes adoran negar.
Y todas las damas se humedecen, y el juez no tiene elección:
un cantante debe morir por la mentira en su voz.

Y les agradezco, les agradezco por cumplir con su deber,
vigilantes de la verdad, guardianes de la belleza.
Su visión es correcta, mi visión es errónea.
Lamento manchar el aire con mi canción.

Oh, la noche es densa, y mis defensas están ocultas
en las ropas de una mujer a quien me gustaría perdonar,
en los anillos de su seda, en la junta de sus muslos,
donde tengo que ir a rogar disfrazado de belleza.
Oh, buenas noches, buenas noches, mi noche tras noche,
mi noche tras noche, tras noche, tras noche, tras noche.

Estoy tan asustado, que les pongo atención.
Sus protectores con lentes oscuros me provocan eso.
Es por sus maneras de detener, sus maneras de desgraciar,
su rodilla en los cojones y su puño en la cara.
Sí, y larga vida al estado, quienquiera que lo haya hecho.
Señoría, yo no vi nada; sólo regresaba tarde a casa.


TU FAMOSO IMPERMEABLE AZUL

Son las cuatro de la mañana, finales de diciembre.
Te escribo ahora sólo para saber si estás mejor.
New York es frío, pero me gusta donde vivo.
Hay música en la calle Clinton toda la noche.

Supe que estás construyendo tu casita muy dentro del desierto,
que ahora no vives por nada, y espero que lleves algún tipo de registro.

Sí, y Jane pasó por aquí con un mechón de tu pelo.
Me dijo que tú se lo diste
esa noche en que planeaste buscar una respuesta.
¿Sí encontraste la respuesta?

Ah, la última vez que te vimos parecías mucho más viejo.
Tu famoso impermeable azul estaba rasgado del hombro.
Habías ido a la estación para ver todo tren,
y regresaste a casa sin Lili Marlene.

Y le convidaste a mi mujer un copo de tu vida.
Y cuando regresó, ya no era la esposa de nadie.

Bueno, te veo allí, con la rosa entre los dientes:
otro delgado ladrón gitano.
Bueno, veo que Jane despertó.

Te manda saludos.
Y ¿qué puedo decirte yo, mi hermano, mi asesino?
¿Qué podría decirte?
Creo que te extraño, creo que te perdono.
Me alegra que te hayas metido en mi camino.

Si alguna vez pasas por aquí, por Jane o por mí,
tu enemigo está durmiendo, y su mujer es libre.

Sí, y gracias, por el malestar que quitaste de sus ojos.
Yo pensé que siempre lo tendría, así que nunca lo intenté.

Y Jane pasó por aquí con un mechón de tu pelo.
Me dijo que tú se lo diste
esa noche en que planeaste buscar una respuesta.

--Sinceramente, L. Cohen

lunes, junio 23, 2008

AVISO DE NUEVO BLOG

Como ya se habrá dado cuenta, mi veintúnico lector, hace mucho que no publico algo en este blog. La razón de tal decidia es que me estoy aventurando en un género con el que siempre soñé cuando adolescente y que sólo ahora me decidí a ello: las tiras cómicas. Si quiere ver qué es lo que me ha tenido ocupado estos meses, lo invito a visitar mi nuevo blog en la siguiente dirección:

www.misbujitos.blogspot.com


Este nuevo blog se actualizará con una nueva tira cada semana (no se apure, ya tengo material para dos meses por lo menos). No olvide dejarme un comentario.

miércoles, mayo 21, 2008

Y CONSTRUYÓ CASTILLOS EN EL AIRE...

He de decir que ésa es una de las canciones que menos me gustan de Alberto Cortez. Desde que era pequeño (cuando la oí por primera vez), sentí que la canción era demasiado cursi --en el sentido original del término--, misma sensación que me dan muchos de los productos New Age que están tan de moda. Nunca he podido identificarme con la parábola del soñador al que califican de loco por imaginar que podría volar sin un avión de por medio, aunque no sé si de tanto fingir que nado contracorriente, he terminado por volverme demasiado cínico. Digo esto porque, no sé qué tan afortunada o desgraciadamente, no me gusta que mis productos de entretenimiento carezcan de por lo menos un leve toque de realidad. Vamos, yo sé que es imposible que La sirenita suceda tal cual en la vida real, pero al menos la forma en que la desarrolló Andersen (y no me hablen de las langostas parlantes de Disney) tiene tintes de realidad. No me gustan los finales "felices", porque la felicidad no es tan gratuita como nos ha querido enseñar Joligud; un final auténticamente feliz es, por poner un ejemplo, el de Manhattan, de Woody Allen: no comete el error de satisfacer al cien por ciento los deseos del protagonista, sino que lo pone en su justo lugar pero le ofrece la oportunidad de hacerse su final feliz.

Por ésta y otras razones, y como ya he dicho en otras entradas, siempre que voy a rentar una película procuro mantenerme los más alejado posible de Joligud. Desgraciadamente, el único local de rentas cerca de mi casa limita mucho mis opciones, pues Joligud abarca nueve décimas partes de su catálogo (después de todo, es una cadena gringa). Aun así, he podido disfrutar de más de una joya cinematográfica, y la mayoría de ellas de pura chiripa. Tal es el caso de la última película que he disfrutado.

Cuando uno oye o lee el nombre de Miike Takashi, inmediatamente vienen a la mente las imágenes más sangrientas que uno pueda pensar. Pese a ser uno de los directores más prolíficos de la actualidad, con películas de prácticamente todos los géneros, se le ha encasillado en el género de horror más mórbido. Y acepto abiertamente que caí en ese error grave.

En el estante del mencionado local de películas donde se hayan las películas de Miike, junto a Audition e Ichi the Killer había una que, después de leer la sinopsis, no me atraía por el simple hecho de que no era una película de horror. Meses y meses pasaron, y aunque todas las veces veía la caja, no me nacía rentarla. Pero ayer, después de darle cuatro vueltas a los tres estantes de cine de autor y ante las miradas de recelo que me daba el personal del local, tomé la única película disponible de Miike que no había visto aún. Sin embargo, al llegar a la casa, seguí pensando que me había equivocado al rentar esa película, y preferí ver las otras dos que renté.

Hoy, después de comer, y hallándome en una de esas típicas situaciones en que el hastío mata la imaginación, decidí ver la película de Miike. Al leer de nuevo el título, The Bird People in China, sentí que el desánimo me aumentaba. Prendí el reproductor, metí el disco y me arrellané en el sofá. Tal como esperaba, tenía el ritmo lento de los orientales, con una trama que tardó y tardó y tardó en desarrollarse; no obstante, sentí que era la típica película en que aparentemente no pasa nada, pero en la que las fichas van cayendo en su lugar una a una aunque no se sepa bien a bien el porqué. Conforme transcurría, me sentí envuelto en la narrativa un tanto literaria del filme. Cuando terminó, agradecí haberla dejado para el final. Y mi idea de Miike como director cambió radicalmente.

Grosso modo, la película trata de dos japoneses, un comerciante de oficina y un gángster, que viajan a un poblado perdido en las montañas de cierta provincia china para comprobar la existencia de una gran veta de jade. Es el típico filme en que nos cuentan las peripecias de unos citadinos en un ambiente agreste y el choque cultural que sufren al llegar a un poblado menos civilizado. Bueno, típico hasta este punto, porque las relaciones entre los personajes, tanto protagonistas como secundarios, no sólo se ven afectadas por las circunstancias, sino que a su vez afectan a las circunstancias. En vez de tratar de novelizar la película, Miike la narra como si fuera un cuento, dejando que la anécdota hable por sí misma, y se permite un toque fantástico para desarrollarla, que curiosamente, más o menos como sucedió en la hermosa película occidental El jardín secreto, le da el cariz humano que la regresa a la realidad.

¿Que si es una película innovadora? En lo absoluto; a fin de cuentas, es una road movie, y hasta en la fotografía sigue los cánones del género. ¿Que si es una obra maestra? Tampoco; pero es innegable que es una gran película: uno de esos casos en que, tal vez, no quiera comprarla para atesorarla siempre, pero que la recordará con gusto en alguna charla de sobremesa, y que no necesita que pase mucho tiempo para que pueda disfrutarla a plenitud otra vez. ¿Que si tiene algo que la haga destacar? Claro que sí, y precisamente al principio de la película. Desconozco si Miike lo tomó directamente de la novela en que está basado el filme, pero abre con este parlamento en off del protagonista: He soñado 10,000 veces en mi vida, pero nunca he soñado que puedo volar. Y sobre este parlamento está construida toda la película. Mi consejo es que la vea, y luego le dé una segunda oportunidad a la canción de Alberto Cortez. Su cínico le agradecerá un sueño de cada 10,000.

martes, marzo 18, 2008

LA MUERTE DE KRAVEN, UN FINAL DIGNO PARA UNO DE LOS MEJORES VILLANOS

Bueno, ustedes saben que me gusta mucho leer historietas, un vicio de mi niñez que nunca perderé (¿quién dijo que los vicios siempre son malos?). Como ya he hablado de ellas en general en otra entrada, no los aburriré con un discurso sobre la calidad artística y demás cosas. En vez, quiero hablar de un suceso que pocas veces se ve, no sólo en las historietas sino en el arte en general: un final apropiado para la personalidad de un personaje. Pero, para no perder mi costumbre, les recetaré mi introducción acostumbrada.

En mi entrada anterior sobre las historietas hubo un título que no mencioné por razones de lógica argumental. Como en ese entonces no hice un recuento de mis historietas favoritas, no había necesidad de mencionarla. Pero lo cierto es que, después de Batman, la historieta que leí más asiduamente en mi niñez fue El Hombre Araña. Claro, era la favorita de mi hermano, y ya que mis padres tenían que comprarle rigurosamente cada nuevo número para evitarse un berrinche del tamaño del Everest, yo aprovechaba y los leía también (y los rayoneaba, algo que mi hermano no me ha perdonado). Si bien nunca pude identificarme al cien con Peter Parker, he de decir que desde el principio tuve un gran aprecio por la figura de Kraven, el cazador. Quizá se debió a que, al igual que Batman, era alguien que no contaba con superpoderes y zarandajas por el estilo: era únicamente un hombre que había superado a los demás en capacidad mediante su propio esfuerzo. Y aunque me duele un poco decirlo, supera incluso al mismo Batman, porque Kraven nunca usó algo que fuera de una tecnología superior --creo que su artefacto de tecnología más avanzada era un rifle de francotirador. Era, principalmente, un hombre que usaba su propio cuerpo para hacer las cosas, y hacerlas bien.

He de decir que no apruebo los orígenes del personaje, porque detesto a los cazadores "deportistas". Encuentro repulsivos los salones abarrotados de trofeos de caza o pesca, y de haber podido, le habría dado una patada en los cojones a Kraven (aunque no hubiera sobrevivido después de ello, jejeje). Pero a partir de que se obsesiona con "cazar" al Hombre Araña, el personaje cobró un cariz que sí me resultó atractivo. Veamos: un hombre aburrido de la vida que haya una nueva obsesión que le permite salir de su molicie; un hombre que se autosupera para poder efectuar su obsesión; un hombre que admite la derrota sólo como pretexto para buscar la victoria; un hombre que no está conforme con los avatares de la vida y, sobre todo, un hombre que antepone el honor sobre todo lo demás. ¿Hay algo que no pueda querer en mí mismo?

Así, Kraven dedicó su vida a derrotar a la única persona que lo superó, pero lo hizo solo y con sus propios medios. Cierto, me podrán decir que en la serie de Calipso se hizo ayudar de una bruja del mismo nombre, pero ¿acaso el Hombre Araña no contaba con la ayuda de sus poderes arácnidos? Además, con los tambores que tocaba la mentada Calipso, lo único que hizo Kraven fue embotarle parcialmente los poderes al Hombre Araña, por lo que la lucha era casi entre iguales. Aun así, cuando Calipso le da una ayuda extra (disparándole al Hombre Araña un dardo envenenado), Kraven no sólo la rechaza, sino que salva al Hombre Araña y después desprecia a la mujer que le rebató el honor. Esto es algo maravilloso del personaje de Kraven: la validación del escrúpulo. En marcada oposición al maquiavelismo, Kraven no necesita justificarse los fines (a fin de cuentas, éstos siempre serán justificables para el individuo) pero sí necesita justificarse los medios, porque si estos no son correctos, el resultado tampoco lo es. El oprobio no está en la meta, está en los medios.

Pero al igual que con el resto de las principales historietas estadounidenses, en la década de 1980 el Hombre Araña sufrió de una merma en su calidad, con unas tramas tan burdas y/o bobas que resultaban un insulto a la inteligencia. Tuvo que llegar la generación de Todd McFarlane para que el enfoque adulto de la historieta subterránea modificara a la corriente principal. El mismo Todd McFarlane fue guionista y dibujante del Hombre Araña por varios años, y a él le debemos una de las mejores historias (en la jerga del medio se las llama arcs) que se hayan dibujado: la muerte de Kraven. Sé que me van a acusar de aguafiestas, pero, lo siento, se aguantan, porque se las voy a contar a grandes rasgos.

Tras años y años de ser derrotado por el Hombre Araña, Kraven idea un plan que será su consagración definitiva. Con ayuda de un narcótico, deja al Hombre Araña en estado de suspensión y lo entierra. Después, lo suplanta, mostrando un salvajismo en su lucha contra el crimen que le da muy mala fama al Hombre Araña; asimismo, logra derrotar a un villano (Vermin) a quien Peter Parker sólo pudo vencer con ayuda del Capitán América, y sin usar otra cosa más que su fuerza física. Al recuperarse del estado de suspensión, el Hombre Araña sale de su tumba y va en busca de Kraven. Tras darle una golpiza como pocas se han visto, Peter Parker está dispuesto a acabar con Kraven, y éste, cuando el Hombre Araña se dispone a darle el golpe final, se limita a mirarlo con una sonrisa triunfal y decirle: Te vencí. Peter Parker baja el brazo, deja a Kraven en el piso y se marcha, aceptando su derrota.

Al final de la historia, vemos a Kraven en su hogar, vestido con una bata, una pipa en la boca y un vaso de vodka a un lado. En sus manos está una fotografía de sus padres (los Kravenoff, unos nobles rusos desposeídos tras la Revolución Rusa). Deja el retrato junto al vaso, se levanta y toma una escopeta, metiéndose el cañón a la boca. Jala el gatillo.

Al número siguiente de la edición mexicana del Hombre Araña, un tipo que escribía una columna para la revista dijo que el suicidio de Kraven había sido un acto de cobardía. Y yo me dije: ¿es posible tal falta de sensatez? Acepto que todos tenemos derecho a formular y externar una opinión, pero no apruebo un error de apreciación tan grande como el de ese columnista. Y en Estados Unidos, los grupos religiosos obligaron a la editorial Marvel a publicar una novela gráfica en la que el espíritu de Kraven le pedía al Hombre Araña que lo ayudara a remediar su falta al haber cometido el horrendo crimen de haberse suicidado. Pero empecemos con lo que dijo el columnista.

El suicidio de Kraven de ninguna forma se puede considerar una cobardía: es una puesta en práctica de su propia filosofía de vida. Tras cumplir con la última meta de su vida, ¿qué reto mayor podría tener? ¿Vencer a Supermán? Lo siento, pero él trabaja para otra compañía. Para un hombre cuya única visión de la vida es superar retos, ¿qué queda cuando se ha cumplido el reto máximo? El vacío, la molicie, la nostalgia de las glorias obtenidas. Y sí, todo esto está bien para una persona común y corriente, pero no para alguien con la personalidad de Kraven. Vivir de esa manera le hubiera resultado deshonroso, y el suicidio era la única forma de conservar su honra hasta el final. Incluso si nos queremos ver más cínicos, al tomar su propia vida, Kraven superó al hombre que había superado todos sus retos. Y no se preocupen, no les diré el argumento chabacano de que el suicidio es la cobardía que necesita más agallas, porque éstas Kraven ya había demostrado que las tenía en demasía. En este caso, reitero, el suicidio no es una cobardía: es una afirmación de las creencias personales. Pero lo acepto, estoy obligando al lector a creer que vale más la honra que la vida, y yo no puedo pedirle a alguien que acepte algo que va en contra de su instinto de supervivencia. A fin de cuentas, el suicidio es una cuestión de escrúpulos, y los escrúpulos son cosa de cada quien.

Ahora bien, respecto a los grupos religiosos, otra vez tengo que aceptar que todos tenemos derecho a creer en lo que queramos. Si creemos que la vida nos fue otorgada por obra de un dios y que por esto sólo él es capaz de acabar con ella, entonces el suicidio es un pecado gravísimo (un no matarás al cuadrado). Sin embargo, y advierto que la teología no es mi fuerte, veo un problema enorme aquí. No hay que olvidar que las religiones nacieron en parte para dictar los códigos morales de las sociedades antes de que ideáramos el estado de derecho. De esta manera, la conducta humana fue regulada mediante lo que se adujo era un "mandato divino". Con esto no quiero negar la existencia de un dios, sino aclarar que la moral religiosa parte de la suposición de que los dioses dictaron los patrones de conducta antes de que nosotros pudiéramos dictarlos según nuestro propio criterio. Pero al asumir que las reglas morales obedecían a un mandato divino, también se nos privó de algo más importante: la propiedad de nuestros cuerpos. Si nuestro comportamiento estaba regulado por un dios, por extensión nuestros cuerpos, el medio físico para efectuar nuestros actos, era propiedad de dicho dios. (Y esto no es exclusivo de las religiones, porque en algunos estados modernos también perdimos la propiedad de nosotros mismos. En la Unión Soviética, por ejemplo, si alguien intentaba suicidarse y fracasaba, o se automutilaba, era encarcelado por haber dañado la propiedad del estado, porque en dicho estado los individuos eran de su propiedad, como cualquier otro artículo.) Y esto es lo que ofendió a los grupos religiosos estadounidenses del suicidio de Kraven: que McFarlane le regresó al hombre la propiedad de su cuerpo y, por extensión, de su vida. Ojo, no hablo aquí de ese individualismo a ultranza que los neoliberales han tratado de inculcarnos para los fines del modelo económico globalizador, en el que la noción de una sociedad, y por ende también la idea de un dios regulando nuestra vida desde la cuna hasta la tumba, es una aberración; simplemente es un empoderamiento (sí, yo también odio la palabrita, pero lo cierto es que nos ahorra un par de definiciones, y a fin de cuentas, para eso sirven los neologismos) del individuo. Y créanme que entiendo cabalmente a los grupos religiosos, porque la propiedad de nuestros cuerpos nos confiere una cosa pequeñísima que le asusta a más de uno: un criterio. Suicidarse implica la negación del mandato divino, por lo que la conducta humana sólo podría ser regulada mediante los códigos humanos, y esto a su vez dificulta la relación de lo profano con lo sagrado (que, según Durkheim, es lo fundamental de la religión). Desacralizar la vida empodera al individuo. Por ello, los grupos religiosos fueron rápidos en condenar a Kraven, con una obra que no resultó muy buena en cuanto a teoría teológica se refiere. Pero, aun cuando quizá los dioses hayan castigado a Kraven post mortem, a pesar de ellos mismos existió el acto de rebeldía.

En lo personal, el final de Kraven me parece el cierre adecuado para la personalidad que él tenía, y es una lástima que fuera un hecho de ficción. Si el lector tiene una opinión distinta, hágamela saber, porque usted quizá pueda ver cosas que yo no vi.

jueves, febrero 28, 2008

DE MORONGA ME COMO UN PLATO


Alguna vez mi madre me dijo que, para ahorrarme dolores de cabeza, lo mejor era oír a quien más sabe. El problema de tener la cabeza más dura que un bloque de cemento es que los buenos consejos rara vez entran en ella. Si le hubiera hecho caso a mi madre, habría seguido el consejo de Andrés Pons, quien, como se recordará, es un auténtico conocedor del cine de horror, y me habría abstenido de descargar una película de la serie August Underground. Hace un par de horas terminé de ver la segunda de dicha serie, Mordum, y tan arrepentido estoy de haberla visto que tuve la urgencia de escribir esta entrada para salvar cuantas almas me sea posible del infierno. Y es que esa película, a la que gustan de colgarle la fama de ser "la película más perturbadora del cine de horror", estuvo a punto de hacerme morir... de aburrimiento. Claro, lo mismo me sucedió cuando vi Necromantik 2, pero al menos ésta tuvo dos grandes escenas que no me hicieron sentir que hubiera perdido mi tiempo. En cambio, con Mordum no hubo una sola escena que me convenciera de que no era mejor hacer algo más en esa hora y media.

Hace muchos años, mi madre y mi tío abuelo vieron por TV una película malísima, y cuando les preguntamos por qué la siguieron viendo, respondieron que lo hicieron con la esperanza de que se compusiera en algún momento, pero nunca lo hizo. Lo mismo me pasó con Mordum. Aguanté hasta el final de la película con la misma esperanza que tuvieron mi madre y mi tío abuelo, pero, para mi desgracia, yo no tengo tan buen humor como ellos. Eso sí, mentiría si dijera que la película me pasó en blanco, porque sí hubo dos escenas en las que hice un gesto de desagrado, pero, honestamente, para una película que está catalogada como "lo más extremo del cine gore", un simple gesto de desagrado no es una calificación aprobatoria. Cuando vi la penúltima escena de Necromantik 2, me levanté, literalmente, de mi asiento, porque era una escena tan impactante que no podía creerla. Cuando vi la escena clave de Audition, los ojos se me abrieron desmesuradamente y sentí ansiedad. Cuando vi la escena de la tortuga de Holocausto caníbal, adelanté la película. Bueno, creo que con esto ejemplifico que una simple mueca de desagrado deja muy mal parada a Mordum.

Dejemos de lado la pobreza cinematográfica de Mordum, pues es obvio que ésta fue intencional, y pensémosla a partir de lo que pretende ser: "cine gore". Hasta donde lo entiendo, el cine gore bien hecho debe hacerme reír o hacerme vomitar con sus excesos de sangre y vísceras. Bueno, en ningún momento sentí ganas de reírme, ni siquiera por el hecho de que hayan usado sólo tres palabras en los diálogos --fuck, fuck... y ¿cuál era la otra? Ah, sí: fuck--. (Me pregunto: ¿realmente debenos creer que los estadounidenses y canadienses serán tan imbéciles que ni siquiera se saben otra palabra altisonante?) Además, ¿no está demasiado estereotipado que los asesinos psicópatas se rían como idiotas todo el tiempo? Vamos, ni siquiera en Masacre en Texas fue creíble, y eso que, en comparación con Mordum, aquella parece hecha por Hitchcock. Y con respecto al vómito, acepto que sí hubo un momento en que estuve a punto de una arcada, pero, bueno, después de ver a un personaje vomitar por más de siete minutos seguidos, fue por un mero arco reflejo (sin embargo, me pregunto de dónde me vino el arco reflejo de bostezar, porque ninguno de los actores lo hizo en la película). Y lo sé porque lo mismo me pasó con Pinocho 681 (espero haber escrito bien el número, porque no me pienso tomar la molestia de investigar el título de esa película mediocre, que no por ser japonesa se va a salvar de ser más mala que el último disco de Metallica).

Eso sí, tal y como cabría esperar, Mordum está considerada una película de culto. No me sorprende, porque la vieja frase de "en gustos se rompen géneros" nunca dejará de ser cierta. Y sí me puedo imaginar a grupos de fans haciendo abarrotadas proyecciones clandestinas de esta película, del mismo modo en que lo hacen con El show de terror de Rocky, porque yo iría a una de ellas sólo para gritarle a la asesina: Si vas a cortarte el brazo, ¡córtatelo, pendeja! O cuando uno de los asesinos le da una patada en la entrepierna al otro, gritar: ¡Ése tipo tiene huevos de hule; lo patean y no le duele! ¿No es una lástima que sólo ahora, dos horas y media después, le haya encontrado lo humoroso a esta película, y eso porque me estoy obligando a buscárselo? Como bien dice un amigo mío: si tienes que repensar una película gore, entonces no es una buena película gore. ¿Otro argumento? Una buena película gore me debe dejar temiendo que mi vecino pueda ser como el personaje en la pantalla; bueno, a mi vecino le sigo viendo cara de Jason Voorhees, pero no tengo miedo de que alguno de los chavos de Mordum esté detrás de mí mientras escribo esto. Cuando una película con estas características te deja tan frío que te da la impresión de que te has vuelto demasiado cínico, créanme, el problema no está en tu cabeza; el problema es que la película sí fue demasiado mala.